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cabrujasUna “ayudaita” para comprender la hora actual. La Guarura
José Ignacio Cabrujas / El Diario de Caracas, 22-03-1992
De milagro, no comienzo este artículo llamándote compañero, estimado adeco oprimido y sojuzgado. Así tendré la conciencia. Así andará la hora.
A Acción Democrática pertenecemos todos, como te ha venido constando en la vida. Unos más, unos menos, apóstatas o fundamentalistas, herejes o militantes, fieles o renegados. Es lo que llamaba Pushkin, «el alma nacional», refiriéndose a las tristezas esteparias y a los abedules invernales, dado que en Rusia no hay torditos ni mucho menos mastranto. Suele manifestarse en las parrilladas de caney o en las bodas generosas, cada vez que un venezolano expande el pecho y mira el entorno con la intención de amar la patria o lo que hace sus veces, aunque sea paisaje. Allí se nos enciende la antorchita, a falta de mejor símbolo, y no vale más nada, sino esa particular forma de decir ¡carajo!, González Vegas, ¡qué vaina! mediante la cual el partido del pueblo, queja y esperanza, exaltación y vergüenza, rasquiña de nigua o sombrerito Tudela, se nos instala en la sangre y nos hace parecidos, por no decir, semejantes, por no decir, compatriotas.
No existe otra estética, a menos que hablemos de buen gusto, tema demasiado clasista como para ser tomado en cuenta en un partido de comunes. No en balde al general Delgado Chalbaud lo llamaban en el Country «El rey de los zamuros», por su simpatía con el negraje. Pero hay cosas, confieso, que toda mi vida he hecho «a la adeca», como por ejemplo, destapar en la playa una latica de Polar. Porque, ¿cómo se puede destapar una latica de Polar en la playa, de manera socialcristiana? ¿Qué es celebrar, sino sentir pertenencia?
Acción Democrática, mi estimado compañero en hora amarga, es el único vínculo ideológico con la realidad que los venezolanos hemos sido capaces de construir a lo largo del siglo XX. Así como tú la ves, torpe y a los carajazos, burrera y chambona, el único partido nacional que puede ser mencionado en femenino, la acción y la democrática, sustituye, en versión corregida e incluso hasta civilizada, los desmanes del liberalismo, y el culto a una guerra federal, cuya máxima reivindicación sociológica fue el saqueo, o el virgo de la nieta del general Ribas, puesto que se trata de un partido de moderado uso policlasista, una corrección marxistera original capaz de tomar en cuenta nuestra escéptica irreverencia ante los protocolos, cierta joda caribeña no prevista en el librito, algunas admiraciones limitadas y hasta esa manera profunda, inconcebible en un país como Argentina, por citar nuestro vinagre continental, que nos relaciona con el poder de manera erguida, cuando a la hora de oír al chofer del Presidente tocar alguna apresurada corneta, solemos preguntarnos ¿qué se creerá ese pendejo?
La izquierda, resentida como todo pensamiento futurista, o lo que es igual, disgustado con el presente, ha querido ver en esta manera de vivir, desenfadada y echona, característica del compañero promedio, un hedonismo insoportable, cuando no rastrero. Así lo adeco raigal o simplemente grueso a la manera de cualquier pisillo, ha sido descrito como sinónimo de vulgaridad y desorden por nuestra oligarquía gerencial en perfecta sincronía con el club de admiradores de la difunta Unión Soviética. ¿Qué otra cosa es pertenecer al centro?
Forma parte de alguna desgracia territorial, la sensación de que todo lo que nos gusta a los venezolanos es criticable o sujeto de público menosprecio. En este país, insólitamente apolíneo y circunspecto, al alto nivel de sus instituciones, asumir un deseo, algo vivo y urgente, el culo de mi alemana que todos conocemos, es una de nuestras más grandes carencias históricas, como se demuestra en casi toda la literatura que hemos creado, donde se pondera apenas el paisaje como una condición instantánea, meramente contemplativa, siempre y cuando no exista nada viviente entre los samanes o en los cerritos. Porque si camina, muerde. Si vuela, fracasa. Si se arrastra, envenena y si habla, es error. Nunca se describieron aquí admiraciones que no fuesen adulancias. Venezuela, queriéndose amar, se masturba. No hemos llegado al coito.
Sólo los adecos y de alguna manera los urredistas, hasta que se pusieron a hablar de unidad en Juangriego.
Pero lo que conversamos en nuestras casas, cuando hay sobremesa, la ilusión de país que nos hace dar consejos o avizorar porvenires, pajitas como el deshonor de los antiguos clubes petroleros donde no se permitía la entrada de negros, o la desconfianza ante el celibato sacerdotal y hasta aquella burda cita de Víctor Hugo boticario, según la cual todo cura es un murciélago, constituyen lo que podríamos llamar el aporte ideológico de los adecos, sentimientos toscos, volterianos menores, en ocasiones instancias cercanas, mediante las cuales, el compañero Gutiérrez te resuelve ese problema con una llamadita, vale decir, está allí Gutiérrez y no en un libro ni en un manifiesto ni en algo por verse ni por asumirse, sino en la hora inmediata, en la tarjeta que dice «el portador de la presente», en nombre de la complicidad más que de la solidaridad.
Rómulo Gallegos, con todo y símbolo, poco tiene que ver con esa manera desprevenida que ha caracterizado la gestión de una «Venezuela libre y de los venezolanos», profundo emblema del partido Acción Democrática si se mira bien y se entiende, qué es libertad y, a qué pertenencia nos estábamos refiriendo. Gallegos anhelaba un país justo. De allí, sus desenlaces a lo Constancio C. Vigil. Los adecos, se contentan con un país mejor. Por eso no gobiernan, de tanto encaramarse en la ola. Rectifican, acomodan, pero jamás presiden. Son gente para caminar al lado. En ese sentido, la antorchita es apenas vela.
Por eso, duele verlos menguados, casi anónimos en esta hora, cuando el Poder Ejecutivo ni siquiera se atreve a mencionarlos, de tanto estigma y pena ajena. El presidente Pérez, por ejemplo, ha confundido al CEN con el partido, olvidándose de su liderazgo y hasta de los primitivos derechos que le otorga el carnet. No hay manera de que este hombre se ponga en contacto con la casa de AD en Tucacas, a ver si allí tienen algo que decirle. Vivo días preguntándome, qué diablos estará sucediendo en la seccional de Acción Democrática correspondiente al Distrito Bruzual, ahora que no hay motivo de parrilla. ¿Qué estarán conversando los adecos de Yaritagua en sus zaguanes de bombillito? ¿De qué estará hecha la vergüenza de Ana María Guevara, en Pampatar? ¿Qué telegramas escribe el caudillo Alfaro, queriendo explicar este momento donde el adeco oprimido, aquel que no roba ni abusa demasiado, el que guarda los papelitos y la fotocopia del acta constitutiva o la noticia del regreso de Rómulo junto a una foto de primera comunión con medias rodilleras y contraluz místico, se debe hacer tantas preguntas? ¿Qué hacer con el adeco creyente?
Me temo que no hay respuesta a la mano. Deduzco que los telegramas de Alfaro tienen que ver con otros papeles, y en ese caso, es mejor entenderlos como ranuras de fax o simples movidas de cuadro. Desde hace años, Alfaro es forma.
¿Podrá entonces admitirse la hora como el derrumbe de Acción Democrática? Personalmente, me suena a vacío y a dolor de colon. Pero al mismo tiempo, la gran interrogante de lo que alguna vez fue un instrumento, unos enardecidos de tanto amor fiero, es ¿por qué este vacío de sus ejecutantes? ¿Quién toca en Acción Democrática? ¿Dónde están sus solistas? ¿En qué chequera se nos quedaron, estimado compañero?
No hablemos de los fantasmas. Lógico es que Jaime Lusinchi, incapaz de representarse ni siquiera a sí mismo, se haya ausentado de lo que alguna vez fue su oficio. Ciliberto, como el órgano en los continuos barrocos, nunca dijo demasiado. Morales Bello pasó al cuarto del loco, allí donde la casa es tercer patio.
Pero ¿y los otros? Por ejemplo, el doctor Canache. ¿Pueden admitirse esas admoniciones que el doctor Canache escribe en El Nacional, como el diálogo de un dirigente con su militancia? Celli: ¿es posible dedicarle la vida a que si este dijo y el otro no, y que si apoyamos cuando me saques a aquél, pero nos retiramos, si el de más allá regresa? ¿Es esto Acción Democrática? Yo entiendo a Piñerúa ocupado y representativo y a Fermín alcalde, cerrando puterías en Santa Teresa. Después de todo, son cargos. Pero me pregunto, en nombre del adeco oprimido y sin palabra: ¿es así la hora de don Luis Piñerúa? ¿Puede Fermín, el adeco de mayor soltura en las encuestas, ignorar el brutal dilema de su partido? ¿Llegó el momento de cancelar a Acción Democrática? ¿No hay nadie capaz de decirle una palabra a ese país que alguna vez se representó blanco y parejero?
Nada más representativo de esta hora, cuando Chávez es un polo, despachando desde el Cuartel San Carlos, que la mala conciencia de nuestros políticos profesionales. Alguna vez se dijo que un partido era el pueblo organizado, pueblo y tendencia, gente y proyecto. No ha dejado de ser éste el extremo de la democracia o lo que es igual, la necesidad de creer en un programa, en una acción construida sobre la historia. Cuando alguna vez se estudie este pedazo de vida, más allá de sus inmediatas consecuencias, el historiador, o quién sabe si el cronista, encontrará una formidable paradoja, esto es, nadie quiso hablar de instituciones, nadie creyó en lo que se había organizado o construido. Una costumbre de treinta y cuatro años se olvidó en cuarenta días.
Caldera, para hablar del vecino, a la cabeza de una creencia nacional, aplaudido y pitado en el Aula Magna, después de todo, el peor de sus escenarios, continúa declarando que no es hora de campañas ni de ensuciar paredes ni de hablar de aspiraciones. Todo el mundo sabe lo que Caldera aspira. Algunos creemos que el fundador de Copei es el conjuro del gorila, la continuidad de algo por lo que vale la pena luchar, como se desprende de los artículos del señor Nuño, una presencia adusta, capaz de darle sentido al caos, de legitimar lo que nos ha humillado hasta la farándula. Pero nada aún. ¿Valdrá más la rencilla con Eduardo Fernández?
Fermín, liderando al adeco oprimido, pero al mismo tiempo de espaldas a su legitimidad y a su momento. Fermín, impedido por un «yo no fui». Ni una palabra ni un gesto. Fermín, creyendo en lapsos, en lugar de responderle a los bombillitos de Yaritagua. Ya. Y ahora. Fernández, cónsono. Amigo del cronómetro y usuario del servicio de limpieza y reparaciones. Fernández, samaritano y buen muchacho.
Militancia, carnetizados, rebaño, favor abstenerse mientras decidimos, nosotros los consecuentes, los emblemáticos, los que asumimos la imagen.
¿Será que estamos solos? me pregunto, por si acaso. ¿Será que nadie cree?
Entonces, adeco oprimido y sojuzgado, ciudadano sin mayor nombre, solo nos queda una pregunta que debemos formular algún domingo en el Cuartel San Carlos, preferiblemente en hora de visita.
Chávez: ¿qué tal si fundamos un partido democrático?
Aunque sea uno.
Después de todo, una periodista me informa que, a pesar del ecocidio, usted come pisillo de chigüire.
¿No será, vaya usted a saber, que Chávez es el adeco oprimido?

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